miércoles, 6 de agosto de 2008

Vladimir Herrera *




Hasta aquí el poema es una vieja costumbre,

uno toma nota de la caída de los dientes
y la pérdida del pelo, la venida de los hijos
uno toma nota
para días mejores,
o escribe como otro en el estilo del mejor amigo.
Pero todo sigue siendo una vieja costumbre.
Vladimir Herrera



Escribe: Walter L. Bedregal Paz


Vladimir Herrera
(Lampa - 1950)


Tras la publicación de su primer libro de poemas, Mate de cedrón (Lima, 1974), vivió en Lisboa, Roma y París hastya recalar en Barcelona, donde fundo la editorial Auqui, con una imprenta artesanal adjunta. Fue, además, director de las revistas Trafalgar Square y Celos. En 1980, obtuvo una beca del Instituto Nacional de Bellas Artes de México y durante un año trabajó en un taller de poesía junto con Tamara Kamenszain y Alberto Blanco. Es autor de los libros de poesía Del verano inculto (Valencia: 1980), Pobre poesía peruana (Barcelona: 1989), Almanaque (Barcelona: 1990), Kiosko de Malaquita (Barcelona: 1993) y la antología Poemas incorregibles (barcelona: Tusquets editores, 2000). En la actualidad, vive cerca de Urcos (Cuzco).

Una voz casi solitaria, en aquel Puno de los años 70 y, desde Lampa, fue la de Vladimir Herrera. Las líneas que la editorial Tusquets inserta en el último libro de Herrera, sintetizan su itinerario poético: La trayectoria lírica de Herrera comienza ligada a grupos poéticos de Perú, a principio de los años setenta. Pronto se distancia de ellos y a partir de su segundo libro encamina su búsqueda poética bajo la advocación de Góngora, Martín Adán o Lezama Lima. Impulsado por lo oscuro y lo oculto, su poesía explora lo barroco no como ornamentación, sino como el necesario juego de espejos y contrastes mediante el cual pueda expresar la cifra de su pasión erótica y poética. Imaginación, sueño y memoria, herencia de Vaallejo y de la gran tradición surrealista peruana, apuntan al centro de lo real, a esa realiodad que sólo se descubre en el poema como artefacto verbal.

La sensibilidad de la generación del 70 en un ámbito general latinoamericano y la poesía de Vladimir Herrera se pueden leer con un trasfondo común. No pretendo, sin embargo, hablar de movimientos o tendencias, pues creo que es más iluminador hablar de casos. En la poesía del 70, el trasfondo no es Cuba como en la poesía del 60, sino el movimiento beat, y dentro de éste no sólo las lecturas literarias, determinantes sin duda: la sensibilidad de esta época la determinan también las drogas, la música beat y sus grupos emblemáticos, y las presencias de Allen Ginsberg en Lima y Jack Kerouac en el Cusco; y, porque no, también en Cusco, Denis Hooper con el rodaje de The Last Film, en 1968. Como sugieren estas anécdotas, no sólo en Lima ocurren cosas: en el Cusco, el poeta Américo Yábar da un recital esposado, protegido por el cholo Nieto; Raúl Brozovich se pasea con Jack Kerouac por la plaza de Armas. De este momento, de esta sensibilidad, salen dos libros destacables, que son los dos grandes libros de la época: En los extramuros del mundo (1971), de Enrique Verástegui, y Mate de cedrón (1974) de Vladimir Herrera. (**).


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(*) Parte de este texto está inmerso en el libro Aquí no falta nadie, antología de poesía puneña de Walter L. Bedregal Paz. Grupo Editorial "Hijos de la lluvia" & LagOculto Editores. 2008.

(**) Usandizaga, Helena: La selva de los espejos: la poesía de Vladimir Herrera.