miércoles, 27 de agosto de 2008

¿A DÓNDE SE DIRIGE LA CRÍTICA LITERARIA “PERUANA”?


Por Rodolfo Ybarra



David Abanto (Lima, 1968). Ha estudiado Lengua y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es miembro de planta de editorial “Norma”, y pertenece –desde hace buen tiempo- a la nueva generación de críticos literarios que, con sus generosos aportes teóricos y continuos artículos, debates e intervenciones en conferencias, está dando nuevos aires (junto a una nueva hornada de críticos) al retocado y cambiante (no en lo canónico) panorama literario peruano.

Esta entrevista –a pesar de no abarcar sólo lo poemático- nace a raíz de un encuentro de poesía en el Centro Cultural Británico de Miraflores organizado por el poeta Miguel Ildefonso, lugar donde con los poetas y críticos Paul Gillén y Alfredo Villar, compartí una mesa de diálogo y divergencias necesarias.

Antes de dar inicio a la entrevista, quisiera apuntar como elemento de motivación hacia una crítica esclarecida que entre un cultivador del mester de clerecía (o un crítico del mester de clerecía) y un juglar (o un crítico de poesía o literatura popular) hay más que cuestiones de público dirigido o temáticas encontradas. Un propugnador del mester vendría a ser cómo un poeta erudito alejado por decisión propia de lo popular, mientras un juglar sería algo más que el poeta popular, cuya cuestionada erudición podría verse “anulada” por la misma exposición y el desgaste propio de la cotidianeidad.

En estos tiempos mediáticos –y de exacerbación del conocimiento- quizás el crítico literario moderno sea una hibridación entre el pensador alejado de las tribunas y el orador expuesto a los vítores de las muchedumbres. Es necesario encontrar una correa de transmisión entre el conocimiento literario y la difusión necesaria, quizás la dosis exacta o el balance (o la administración no crematística, cercana a la preocupación honesta) de cada uno, pueda hacer que la crítica literaria vuelva a ser un lugar de discusión y creatividad respetable.

En lo que respecta a la crítica literaria “peruana”, el entrecomillado es para recordar que, a pesar de los esfuerzos desplegados, considero que este título es todavía exagerado y creo que aún permanece como búsqueda sublime. Quizás la octava pregunta donde se habla de críticos como: José Miguel Oviedo, Abelardo Oquendo, Ricardo González Vigíl, Gustavo Faverón Patriau, Víctor Coral, Javier Ágreda, etc., pueda ofrecernos una idea del trabajo de críticos peruanos que están haciendo un trabajo destacable. Abanto, crítico democrático, amable y conocedor, deja claro que este esfuerzo incluye a más nombres de los que decimos conocer.

Otro de los motivos de esta entrevista, quisiera señalar, es delimitar –y expandir a la vez- un espacio sobre la propia crítica literaria de la cual se habla mucho, pero se escribe poco.

Aquí la entrevista:

- Desde Riva Agüero a Luis Alberto Sánchez ¿cómo consideras (voy a utilizar una frase de Mariátegui) el proceso literario peruano? perdona esta pregunta un poco ambigua, pero de seguro habría de volver, necesariamente, a los andinos y criollos, a los serranos y costeños, los parias y los “pitucos” (o apitucados) a quienes muchos denominan “regios”. Me interesa más el proceso mismo, al margen de subjetividades o precariedades conceptuales.

- Rodolfo, al hablar del “proceso de la Literatura peruana”, debemos considerar las tendencias hegemónicas y subordinadas (considerando la noción de “heterogeneidad cultural” de Antonio Cornejo Polar, vinculada a la de “transculturación narrativa” de Ángel Rama) y debemos abarcar no solo a los escritores situados dentro de los "modelos occidentales", sino a los que ostentan ese grado de transculturación, fruto de nuestra diversidad cultural. La presencia de varios idiomas, etapas históricas y el paso de un sistema de transmisión oral al uso de la escritura sirven para que, en el caso de la creación literaria, poseamos una de las más ricas tradiciones artísticas de América.

En líneas generales, debemos considerar que la “escena contemporánea” de nuestra literatura, tal como la conocemos hoy en día, se forjó en el periodo que va de fines del siglo XIX a mediados del siglo XX, en un proceso que estuvo estrechamente vinculado con el de la lenta ‘modernización’ de la sociedad peruana.

Siendo mi experiencia limitada a un contacto con la literatura desplegada fundamentalmente en español, me permito sugerir, de un modo general y esquemático, cinco grandes momentos que nos brinden la posibilidad de apreciar su desarrollo. Un primer momento, el de un realismo-romántico, con autores como Narciso Aréstegui, Ricardo Palma, Clorinda Matto y Mercedes Cabello; y un segundo momento, ya en el siglo XX, con autores que exponen un realismo regionalista: Enrique López Albújar, Ventura García Calderón, José Diez Canseco y luego Ciro Alegría. Un tercer momento con un realismo mucho más amplio, consistente y documentado, que quiebra con el Romanticismo y ensancha la noción de lo real. En esta etapa aparecen autores que siguen vigentes. El caso más notable, en poesía, es el de José María Eguren; en el cuento, Abraham Valdelomar; pero sin duda la figura solar (que abarca no solo la poesía sino también la narrativa, el drama, el ensayo, la crónica e incursiones en guiones cinematográficos) es César Vallejo, la cumbre más alta de la literatura peruana (a la que acompañan dignamente la abisal obra de Martín Adán y la obra de desconcertante textura de Gamaliel Churata) con irrefutables méritos en el dominio del lenguaje, en su capacidad de desarrollar una expresividad sumamente innovadora y en su riqueza para retratar la naturaleza humana con una hondura única, vigente en pleno siglo XXI.

Un cuarto periodo despliega los nombres, en poesía, de Javier Sologuren, Blanca Varela y Carlos Germán Belli y, en narrativa, de José María Arguedas, Mario Vargas Llosa y Miguel Gutiérrez: los más grandes novelistas peruanos a nivel hispanoamericano. Arguedas que para muchos sigue siendo considerado —de modo errado— como un escritor espontáneo, de escasa conciencia en lo tocante a las técnicas literarias (como si su única preocupación hubiera sido la “quechuización” del español y no los recursos expresivos a emplear) tiene obras maestras perdurables (desde joyas breves como “La agonía de Rasu-Ñiti”, hasta obras como Los ríos profundos y El zorro de arriba y el zorro de abajo); Vargas Llosa, nuestro escritor vivo más importante, tiene la obra más imponente en conjunto (en la que destacan La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo) y Miguel Gutiérrez, el escritor con el universo narrativo de mayor versatilidad —aun sin la repercusión y la consagración internacional que su obra merece— que ha desarrollado, en sus libros más perdurables (Hombres de caminos, enlazado a la monumental La violencia del tiempo; El mundo sin Xóchitl y de otro lado Poderes secretos y Babel, el paraíso), una obra que sobresale en hondura simbólica, densidad psicológica, vibración poética y complejidad de referencias culturales.

En la actualidad, aparecen escritores que no solo anuncian sino ya despliegan una renovación en las tendencias dominantes en la narrativa peruana reciente con una obra que marca un antes y un después en el terreno de nuestra literatura, con diferentes niveles de universalización de la experiencia humana y cualidades destacables para explorar con originalidad e intensidad simbólica nuevos derroteros con gran coherencia artística: Carlos Herrera con Blanco y negro; Iván Thays con La disciplina de la vanidad, Miguel Ildefonso con Hotel Lima (en diálogo fecundo con el edificio de su Obra poética) y César Gutiérrez con 80M84RD3R0.

De lo esbozado, grosso modo, se desprende que el rasgo principal de nuestra tradición literaria es la diversidad de tendencias y vertientes, en fecunda conexión con nuestra heterogeneidad geográfica, étnica, lingüística, cultural..., diversidad actuante al interior mismo de la mayoría de nuestros principales escritores (desde el Inca Garcilaso y Guaman Poma de Ayala —pasando por González Prada, en un largo etcétera en el que habría que considerar a autores como Oquendo de Amat, Westphalen, Ribeyro, Loayza, Reynoso, Durand, Eielson, Rose, Romualdo, Scorza, Corcuera, Rivera Martínez, V. Herrera, Verástegui, Watanabe, Calvo, Cisneros, Curonisy, Hora Zero, Narración, Montalbetti, Santiváñez, Kloaka, Heredia, Ampuero, Cueto, T. Ruiz Rosas, Niño de Guzmán, Cárdich, Iwasaki, Prochazka, Pancorvo, Helguero, Crisólogo, Yrigoyen, De Piérola, De Souza) y que se puede entrever en escritores con mucho potencial como León Zamora, Santiago del Prado, Sandro Bossio y escritores como Santiago Roncagliolo, Luis Hernán Castañeda, Daniel Alarcón, Jerónimo Pimentel, Miguel Ángel Sanz Chung, Salomón Valderrama y Denisse Vega Farfán. La emergencia y el reconocimiento de la obra de escritores como Roberto Zeballos Rebaza y Percy Galindo son constatación de ello.

Por eso, considero inadecuado postular oposiciones simplificadoras (como la que se dio entre escritores “puros” y “comprometidos”, la que se da entre escritores “urbanos” y “rurales”, “criollos” y “andinos”, aquellos ajenos a nuestro pasado autóctono y adheridos a la “cultura occidental”), en vez de admitir nuestra multiplicidad literaria, lingüística y cultural como expresión de “Todas las sangres” que nutren nuestro Perú.

Al respecto, Peter Elmore ha señalado que los escritores con oficio, encarnan distintas tendencias, con una amplia gama de poéticas, de registros estilísticos, que pueden sostener la expectativa del lector, no como creadores de grandes obras, sino como forjadores de una 'literatura', una tradición.

- ¿Qué se entiende por crítica literaria moderna?

- Creo que sería conveniente distinguir, como lo ha sugerido mi maestro Ricardo González Vigil, entre las distintas acepciones con que se suele asociar a la palabra “crítica”. Una primera acepción alude al estudio de la literatura en general (no importa si impresionista o riguroso, si meramente descriptivo o interpretativo), una segunda hace referencia al comentario de obras de reciente aparición y, más exactamente, una tercera acepción define el esclarecimiento de textos literarios por medio de la triple tarea de describir, interpretar y valorar (Leo Spitzer). Es esta tercera designación la que mejor caracteriza a la crítica literaria, distinguiéndola de la teoría literaria, la historia de la literatura y la simple apreciación subjetiva.

Hecha esta aclaración creo que podríamos designar como crítica literaria “moderna” (entrecomillo esta expresión por la fragilidad del significado al que remite y que nos lleva a la idea de “modernité” empleada por Baudelaire y rememora la eterna querella entre clásicos y modernos) a aquella crítica que colabora con la necesidad de una lectura competente, lo cual implica leer los textos a la luz de los códigos que el autor pone en funcionamiento. No los que el crítico quiere propiciar o imponer (aunque posea el enorme talento de un Wilson o un Bloom), sino los que han hecho posible la urdimbre del tejido que es el texto.

Recientemente Julio Ortega ha señalado con meridiana claridad que la función de la crítica es pensar que “no es propietaria de la verdad, ni establece sanciones universales ni tiene como punto de vista la eternidad”.

Como consecuencia, añadiría, la crítica debe ser flexible, sensible a la poética del fenómeno literario que examina. No debe someter los textos a la teoría, debe adaptarse a las obras. Si lo consigue, realiza su auténtica función, porque el crítico no es otra cosa que el lector más reflexivo y creativo de una obra literaria. “El crítico debe ser un forjador de lectores” ha dicho Ortega.

- Las reseñas literarias y los pequeños alcances periodísticos sobre literatura se pueden considerar como parte (a)sistemática de una crítica que no tiene mayores espacios de expresión, o podemos hablar de una seudocrítica o nueva tendencia dentro del proceso literario.

- Como mencionaba, existen diversas acepciones que se cobijan bajo la denominación de “crítica”. Pero podemos reconocer dos espacios para la expresión crítica: uno a un nivel más formalizado (Universidades, cursos universitarios, ciertas publicaciones periódicas, talleres y diplomados) y otro que aparece en los medios masivos de comunicación y en el que, por lo general, no hay el suficiente nivel de discusión crítica.

En el primer caso, se trata de una crítica académica. En este tipo de crítica hay dos excesos: uno de ellos es la sacralización del método y hace que, a veces sea más arduo leer la crítica que las obras mismas, en una especie de “críptica” literaria. El otro exceso se da en una perspectiva diferente: el desarrollo excesivo en el contacto entre obra literaria, ideología y funciones sociales, con el riesgo de conducir el mensaje estético a términos denotativos.

En el segundo caso, está la crítica de divulgación (que en las últimas décadas parece haber disminuido debido a la poca importancia que se le concede en los medios de comunicación). Constituye una crítica casi inmediata, cotidiana y supone un crítico que tenga un amplio conocimiento de la tradición que rápidamente pueda emitir una opinión. Esto obliga a aventurar opiniones y siempre, en este caso, existe el peligro de formular comentarios arbitrarios e imprudentes.

- En cuanto a la especialización crítica, observo que no hay personas técnicamente calificadas para ejercer una determinada crítica, por ejemplo: González Vigil (que escribe poesía) reseña y critica libros de poesía, de narrativa y de ensayo por igual (igual sucede con casi todos los críticos limensis y de provincias). No obstante, la poesía, requiere un tipo de análisis muy diferente a la de la narrativa. Por su lado, el ensayo implica mayor cobertura cultural mientras que la poesía está más cerca al análisis lingüístico. La especialización es algo que no ha calado por estos lares, hay una especie de síndrome de Krautz. Un difuminación de las ideas. Me interesa tu reflexión.

- Hoy en día, hemos olvidado y perdido tantos códigos y símbolos históricos, mitológicos, religiosos y estéticos que apenas entendemos las referencias más frecuentes para una persona culta del siglo XIX y parte del siglo XX. Nuestras referencias son, sobre todo, comerciales, cuando no políticas (y en un sentido estrecho del término). Nuestro acervo cultural nos remite a un lenguaje vacío con un vocabulario trivial que no se presta a la lectura de obras de arte.

Un caso emblemático que nos puede ayudar en la reflexión es el que glosaba el maestro Luis Jaime Cisneros en su cátedra de Narrativa del Siglo de Oro Español: en el Capítulo I de la Primera parte del Quijote, si leemos con calma, convendremos en que Alonso Quijano leía “con tanta afición y gusto” que vino a tropezar en la locura. El problema no es la lectura ni el tema de los libros, sino la manera de leer los libros.

El crítico debe “leer” la obra en su contexto histórico y como particular realización de cualidades abstractas definidas por la teoría (lo que Emil Staiger ha expuesto como lo lírico, lo épico y lo dramático).

Debe estar capacitado para ceñirse al nivel de abstracción elegido: una obra, un autor, una corriente, una época, un género. Luego, “confianza en el anteojo, nó en el ojo”, adecuar los métodos a los textos sin aferrarse a criterios inflexibles.

En el Perú, el pensamiento crítico (a pesar de los notables avances y la presencia del magisterio de críticos importantes como Alberto Escobar, Manuel Jesús Baquerizo y Antonio Cornejo Polar, por mencionar solo a algunos estudiosos peruanos) aún es muy incipiente para afrontar el “desborde” que se da en toda la sociedad y cambia la imagen de la literatura peruana que ya no se puede ver en función de un pequeño grupo o cenáculo de escritores que creía representarla (supone integrar tradiciones orales, andinas y amazónicas, las creaciones de provincias).

González Vigil apunta cómo en las páginas de El zorro de arriba y el zorro de abajo Arguedas nos brinda un testimonio inquietante y conmovedor en el que nos muestra su perturbación por no entender lo que estaba sucediendo y su desesperación porque la realidad se le escapaba de las manos... Si esto le acontece a un creador, cómo no suponer —señala González Vigil— que esto le pueda suceder a un crítico.

De ahí que se imponga un enlace vivificante entre los aportes de los especialistas y el público no especializado. Un enlace orientador, didáctico, que difunda los resultados de las investigaciones y el “estado de la cuestión”.

- El que un poeta critique a otro poeta, un narrador a otro narrador, etc., no lo pone en un lugar de expectativas en relación a una crítica “confiable”, creo que esto adquiere ribetes sardónicos cuando los mismos participantes de las críticas se entrevistan entre ellos en lo que he denominado el “trencito literario”. Cuál es tu opinión.

- El fenómeno que describes con la expresiva figura del “trencito literario” es algo que se ha dado a lo largo de la historia de la literatura, es algo que se da en nuestros días y algo que, seguramente, se dará en los tiempos por venir (no siempre con resultados “rectos”, en todos los casos). Y, como bien señalas, no pone necesariamente al autor en un lugar de expectativas “muy confiables” en relación con resultado que se puede obtener del mismo.

Pero considero, también, que el resultado que se pueda obtener del uso del “trencito literario” dependerá (depende y ha dependido) de la honestidad y rigurosidad con la que el creador desarrolle su labor crítica (menciono como ejemplo los casos paradigmáticos de Göethe y Schiller, Verlaine y el enfant terrible Rimbaud, Flaubert y Le Poittevin, Eliot y Pound, en nuestro medio puede verse en los casos emblemáticos de Valdelomar con Eguren o el del joven Vallejo con “el gran maestro” González Prada, el del mismo Vallejo con Antenor Orrego, el de Westphalen y César Moro, el del joven Vargas Llosa con el consagrado Arguedas y, ya más próximos a nuestros días, el de Oviedo con Vargas Llosa u Oquendo con Lauer y, en su momento a un nivel latinoamericano, el del mismo Vargas Llosa con Gabriel García Marquez, el de Borges con Bioy Casares, etc.).

El ejercicio crítico debe ser riguroso, pero no rígido. Precisamente una de las cosas más difíciles de armonizar en el ejercicio de la labor crítica es la amistad con el juicio crítico (no siempre se logra ello y, como bien apuntas, la crítica se torna una actividad caricaturesca que en lugar de favorecer la lectura plena de un texto, la perjudica).

- El hecho de que no haya revistas de críticas (me estoy refiriendo al sistema analógico) pone en un estatus de atención a los blogs y a las revistas virtuales de literatura. ¿Qué opinión te merece esto y qué publicaciones te parecen las más relevantes?


- En la actualidad, existen revistas de alto nivel que justifican afirmar que sí existe una crítica especializada, con mucha discusión metodológica. Ya he apuntado los abusos en el ejercicio de este tipo de crítica (sobretodo la crítica vinculada a la estilística y la semiótica).

Si alguna virtud tiene la crítica literaria que aparece en ese infinito campo de disputa política e ideológica que es Internet es haber sido más abierta y receptiva a toda esa diversidad que hoy exhibe la creación sumando esfuerzos a los intentos que se presentan en los medios masivos de comunicación, en los últimos treinta años.

De hecho, en el ámbito más formalizado el horizonte se torna esperanzador para el asedio de la literatura (tanto intrínseco como extrínseco del estructuralismo a la sociología). Creo que la presencia de publicaciones como Lexis, Revista de crítica literaria latinoamericana, Hueso húmero, Patio de letras, Ajos & Zafiros, Martín e Intermezzo tropical es prueba de ello.

En un plano de divulgación atado a la discusión cultural amplia vale mencionar revistas como Arteidea, El Pez de Oro, Revista peruana de literatura y Sieteculebras.

El reconocimiento de esta realidad no nos lleva a negar que aún no se alcanza la instancia de proyectos comparables a Colónida, Amauta, Las Moradas y Narración.

En Internet el espectro es abrumadoramente inagotable y tenemos, sobretodo en los últimos cinco años, una gran proliferación de revistas virtuales, páginas Web especializadas y los blogs. Destaco la encomiable labor de revistas como El hablador, Porta9, y blogs como Moleskine literario, Puente aéreo, Palincestos, La soledad de la página en blanco, Zona de noticias, Sol negro.

Sin embargo, con todo este desarrollo aun estamos muy lejos de arribar a una síntesis de nuestra trayectoria literaria, que obedezca a las nuevas concepciones y metodologías, de modo comparable a la elaborada por los estudiosos de los años veinte y treinta del siglo pasado (José Carlos Mariátegui, Luis Alberto Sánchez, Aurelio Miro Quesada Sosa, Estuardo Núñez, Jorge Basadre, Raúl Porras Barrenechea, A. Tamayo Vargas, A. Tauro, etc.) a pesar de las limitaciones tecnológicas de su tiempo.

- Existen varias corrientes de crítica literaria, una, por ejemplo, se base en el estudio filológico, otra es más socio-cultural y, otra, es más fijada en el público lector (la periodística); hay por cierto otras tendencias, pero creo que todas pasan por el hecho de “escribir bien”; ahora “escribir bien” no significa, precisamente, escribir para las grandes mayorías. Hay una cuestión de mercado detrás de todo esto. Cómo lo ves tú.


- El ejercicio de la crítica literaria (se dé en un nivel técnico o en el de los medios masivos de comunicación) requiere de una persona que está obligada a conocer Teoría Literaria, Metodología, Historia, etc., pero que debe esforzarse por llegar en forma cristalina e iluminadora a sus lectores.

El propósito esencial de la crítica literaria es un reto complicado y un desafío abierto en una época en la que hemos perdido la costumbre de lo difícil, lo profundo y lo lento. Es muy complicado (no imposible) hacer que niños y jóvenes educados al ritmo del zapping, el videojuego y el Chat, se tomen el tiempo de sentarse a disfrutar y gozar con la lectura de un libro. Internet propone todo en un tiempo presente perenne.

La crítica académica y la crítica de divulgación son necesarias y deberían estar relacionadas y favorecerse recíprocamente. Sin embargo, en países como nuestro Perú con muchas carencias culturales, la finalidad de la crítica literaria sería ponerse al servicio de la mayor cantidad de lectores.

El que no se haga no solo es una cuestión de mercado, creo que es un asunto vinculado al manejo del poder aunque habría que precisar a qué se alude con esto. Pero la responsabilidad de la crítica literaria sí se puede señalar si no cumple con su designio y considera que su función es solo contribuir a la inflación retórica de un dominio especializado del conocimiento (ajeno por completo al contexto y la circunstancia en los que se desarrolla). Su error se puede evidenciar si cree que su fin es hacer creer que los poemas, las novelas, los dramas proliferan con el único objeto de producir ciertos desordenamientos formales en el cuerpo lingüístico. La crítica, de un modo conciente o inconsciente, nos ayuda a leer el mundo.

Una cosa que me parece enojosa es que nuestra incapacidad para leer nuestra realidad esté llegando a extremos tales que se acepte como natural o con indiferencia el hecho que nuestros niños se distancien del placer de leer al llegar al colegio. Y resulta irritante que se culpe de ello solo a los profesores. Olvidamos que los seres humanos nacemos como animales lectores. Somos seres que, por tener conciencia de nosotros mismos, venimos al mundo tratando de desentrañarlo. Olvidamos que la aproximación de los seres humanos al maravilloso mundo del lenguaje se da en el hogar, con los padres. El asunto de la lectura de libros es otro asunto y tiene que ver con el control del poder. Como ha señalado Alberto Manguel “Encontrar ese libro que está escrito para nosotros es hallar un arma para enfrentarse al mundo”. Y eso no es conveniente para quienes ejercen el poder.

Necesitamos palabras para dar coherencia al mundo que nos rodea, sobre todo en este momento de locura, de estulticia casi voluntaria; hay que reflexionar sin dogmas. Sabemos casi exactamente cuándo nos quedaremos sin petróleo, sin agua, y no hacemos nada. Las palabras son hoy más necesarias que nunca. (“Tristes armas/ Si no son las palabras. /Tristes, tristes.” dicen unos versos de Miguel Hernández).

Se necesita el filtro del vocabulario simbólico para poder acercarnos no solo a los antiquísimos conocimientos, sino también —y eso resulta muy peligroso— la preparación para comprender los discursos políticos de naturaleza bélica como los de la administración Bush (o un McCain) o lo que conlleva el mensaje de la maquinaria de la campaña que bajo el eslogan “cambio” desarrolla el candidato Obama (sin ofrecer argumentos con razones sustanciales para esperar “cambios” esenciales), no hay respuestas: se acepta la propaganda porque no se dispone de los conocimientos que nos vinculen con una tradición de discursos políticos que nos permitan no estar indiferentes ante el maltrato excluyente y los hábitos autoritarios en la vida cotidiana. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, escuchar cifras, someternos a normas autoritarias, amar los símbolos y no lo simbolizado, dejarnos subyugar por míseros paraísos,… deshumanizarnos.

Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, el que nos redime tiende a lo contrario: a tomar conciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo.

Si le diésemos a la educación la importancia que le damos a otras cosas en la sociedad descubriríamos el poder de la lectura. Y es que una de las cosas esenciales que proporciona la lectura es aprender a pensar, y no hay nada más riesgoso para el poder que un pueblo pensante.

Los esfuerzos de la crítica se aúnan a todas las grandes tentativas del arte moderno dirigidas a restablecer el diálogo entre las cosas, el hombre y el lenguaje.

- Qué opinión te merecen críticos como (voy a mencionar algunos nombres): José Miguel Oviedo, Abelardo Oquendo, Ricardo González Vigíl, Gustavo Faverón Patriau, Víctor Coral, Javier Ágreda, etc.

- Baste decir por el momento que la labor crítica de las personas que mencionas debe ser apreciada manteniendo en claro el tipo de crítica que ejercen y sus aportes a la comprensión del desarrollo del “proceso de la literatura”.

En ese sentido, resultan innegables y fundamentales los aportes de Oviedo (con un consenso sobre la significación de Estos 13, su aporte a la labor critica respecto de la obra de Mario Vargas Llosa, el balance de la creación en Historia de la literatura hispanoamericana); de González Vigil (sus aportes al estudio de autores como Garcilaso, Vallejo, Arguedas y sus asedios a la poesía y narrativa breve peruanas en sus monumentales antologías, amén de su labor divulgadora sensible como un sismógrafo a los cambios en el proceso de la literatura, no solo peruana, principalmente a través de su columna Letra viva del diario El Comercio) y de Oquendo (animador, junto a Lauer, de Mosca Azul editores, la excelente Hueso Húmero y ávido promotor del diálogo y la discusión a través de su columna Inquisiciones en el diario La República) resultan innegables. El caso de Faverón Patriau resulta un caso ejemplar de la seriedad y rigor con los que se renueva la tradición crítica en nuestro medio (avance de ello son sus calas a la narrativa peruana, su introducción al tema de las rebeliones indígenas del siglo XVIII en Hispanoamérica, Rebeldes, y su antología Todas las sangres). En estos tres casos, resulta significativo (sobretodo en el de González Vigil) el afán de establecer un nexo vivo entre los estudiosos de la literatura y el lector.

En los casos de Coral y Ágreda el punto es otro. Su labor más conocida está vinculada a la crítica que aparece en los medios masivos de comunicación. El primero, atento al potencial de la escritura crítica —como lo prueban sus prólogos y aproximaciones a diversos autores—, no ha desplegado ni sistematizado aún una obra crítica equivalente a su obra de creación (en verso y prosa). El segundo, con una plausible labor de registro, informa y valora de un modo constante y sistemático sobre los libros que acaban de publicarse o acaban de llegar a nuestro medio (dan fe de ello sus columnas que bajo el título de Jaque perpetuo publica en el diario La República y, recientemente, su página en el suplemento Primera Semana del diario La Primera).

Habría que, para no ser injustos, destacar la labor otros valiosos críticos como Julio Ortega, Luis Loayza, Marco Aurelio Denegri, Tomás G. Escajadillo, Enrique Ballón Aguirre, Ricardo Silva-Santisteban, Francesca Denegri, Carlos García Bedoya, Jorge Wiesse, Peter Elmore, Susana Reisz, Carlos Villanes Cairo, Ana María Gazzolo, Camilo Fernández Cozman, Miguel Ángel Huamán, Jorge Valenzuela, Gonzalo Espino, Jorge Flórez-Áybar, Guillermo Niño de Guzmán, José Antonio Mazzotti, Jorge Coaguila, Gonzalo Portals, Ricardo Virhuez, Luis Fernando Chueca, José Ignacio Padilla, Carla Sagástegui, Juan Carlos Galdo, Dorian Espezúa, Ricardo Sumalavia, Marcel Velázquez Castro, Darwin Bedoya, Paul Guillén, Raúl Jurado, Gabriel Icochea, Manuel Erausquín, Carlos M. Sotomayor, Agustín Prado, Alberto Valdivia,... pero hacer un juicio crítico personificado de su labor sería una licencia excesiva de mi parte a la presunción.

Seguramente podrá señalarse limitaciones y divergencias en el ejercicio de la crítica (lo he hecho en su momento), pero en este instante mi función no es dogmatizar ni pontificar, disiento de la exhibición del mal uso de la crítica concebida como una operación negativa. La crítica es constructiva. Baste señalar, por mi parte, que lo único que me parece insoportable es el ejercicio de la crítica literaria que desarrolla una especie de vanidad por la simpleza, que hace que la gente se enorgullezca de no pensar, que considere a la literatura solo como un mero entretenimiento y que margine y excluya al lector de su labor. Ya gran parte de lo que nos rodea parece estar creado para que no pensemos. No es que en la actualidad haya menos lectores (siempre los lectores han sido parte de, tomando prestada la expresión de Juan Ramón Jiménez, “la inmensa minoría”), pero estamos perdiendo el respeto por algo que antes se consideraba muy importante. La lectura se ve como una actividad sospechosa porque el que lee parece aislarse socialmente; pero eso no es cierto: leer es una forma de conocer el mundo e involucrarse con él.

El crítico debe colaborar con la comprensión cabal del texto, del autor, el movimiento o el fenómeno literario en cuestión. Pero debe ser conciente de que ninguna lectura agota la riqueza de una obra. Al respecto ha señalado Enrique Vila-Matas que todo libro contiene libros que se han perdido dentro del proyecto final del libro que se termina publicando. Son libros que no están al alcance de ningún crítico, pues son los “libros invisibles” esenciales de la literatura que manifiestan uno de los rasgos particulares de las grandes obras: la creatividad, la connotación polisémica (la ambigüedad) que genera tantos problemas de interpretación y valoración, capaz de permitir lecturas opuestas. Por eso, Umberto Eco no habla de Poética, sino de poéticas (en plural y minúsculas). Por eso, Yuri Lotman escudriña la condición literaria de un texto en las codificaciones culturales de una colectividad.

Sin embargo, la conciencia de esta limitación (“el dolor del crítico” dice Vila-Matas) no apaga sino estimula la búsqueda del crítico “uno que fuera tan osado como el gran novelista que está leyendo y que ha llegado con su libro hasta el crítico tras un viaje de derivas invisibles, no aptas para críticos imperfectos”.

- No sé si antes, pero ahora los críticos ya no buscan los libros a “criticar”, son los autores, las editoriales y ciertos testaferros los que, presurosos, buscan a los críticos. Este hecho influye de alguna forma en los resultados de apreciación de los libros.

- Lo que mencionas es un hecho que no tiene que ver, en sentido estricto, con el libro y la literatura, y no es exclusivo de esta época; quizá hoy se hace más evidente por el grado de desarrollo de la pujante industria editorial. Es claro que es este uno de los factores (no el único ni el principal, necesariamente). La industria editorial, en muchos casos, se ha convertido en fabricante de “productos” llamados “libros” y está llena de negociantes que han decidido meterse en el mundo del libro y aplicar, legítimamente, al libro las leyes del mundo del comercio (hoy en día existen libros con “fechas límite de venta” lo que es una de las peores circunstancias que se ha adueñado del medio editorial) y hacen creer que la literatura es solamente una cuestión de compra y venta quitándole su esencia. Al respecto, quiero citar unas declaraciones de Jorge Herralde que no se deben olvidar: “Lo más importante es el autor, evidentemente. Luego está el mensaje implícito que quiere dar toda editorial literaria” y no solo literaria, añadiría.

Estamos, entonces, viviendo como elementos en un engranaje que está construido para hacer dinero, sin importarnos cuál es el costo ni el resultado aparte del financiero. La crítica (y la creación) literaria, en este contexto, no está —ni ha estado— al margen de este mecanismo. La globalización como fenómeno producido por las comunicaciones y el desarrollo de la industria editorial son hechos inevitables y oponerse a ellos es tan absurdo como pretender detener el tiempo. La globalización capitalista y la industria editorial mercantilista que están en marcha son cosas diferentes, y contra ellas sí podemos opinar y actuar en uso de nuestra razón y de nuestros legítimos derechos como lectores y ciudadanos.

No tengo cómo hacer apología del mundo que resultará de tal oposición, pero sí creo que podemos denunciar los peligros y riesgos que la actual orientación de la globalización y la industria editorial comportan.

Ya Octavio Paz había manifestado que el poeta, el artista en general, ha terminado por estar en la megalópolis industrial mecanizada con sus heterogéneas concentraciones de muchedumbres humanas y de individuos solitarios, falto de un “lugar” y un “status”; y la poesía, por extensión la literatura, ha terminado por ser considerada inútil y ornamental, además de separada del contacto directo con el público. Esto debido a una creciente circulación comercial de la poderosa industria editorial y un mecanismo crítico que crea a su alrededor pequeños círculos de iniciados, muchas veces, con criterios inflexibles que pone en funcionamiento una labor ajena al anhelo de una crítica rigurosa.

Pero una mirada a la historia de la literatura, nos muestra como el ejercicio de la crítica (y la creación) literaria sanamente entendido no desaparece en situaciones de crisis, sino que, cual Ave Fénix, renace siempre fulgurante de las cenizas.

- Agradezco tus respuestas, ojalá lo vertido aquí nos ayude a discernir (y construir, quizá con el tiempo se logre esto) en el correcto papel de una crítica literaria que, por ahora, luce bastante desnutrida y, por ratos, alejada de la realidad. Hasta otra oportunidad.


- Yo agradezco tu amabilidad y hospitalidad, por darme la posibilidad de reencontrarme con la reflexión de viejos y nuevos maestros y dialogar con ellos. Creo que como señalas, en muchos aspectos, la labor de la crítica literaria es limitada y en muchos aspectos aun está haciendo sus pinitos iniciales. Diverge de la extraordinaria madurez de nuestra poesía y narración, tal vez porque ella sufre de modo inmediato y radical la anemia y anomia culturales de nuestro país (insuficiencia de bibliotecas actualizadas, conocimiento de varios idiomas, acceso a buenas traducciones, profesores de literatura preparados, insensibilidad de nuestros gobernantes, etc.).

Es innegable que la actual crisis moral, que afecta la legitimidad del sistema político y trasciende las fronteras nacionales y las del Tercer Mundo, puede devenir en cualquier momento en crisis política. Y esto, obviamente, también repercute en el terreno de la creación y recepción literarias (y artísticas). El asunto desborda el escenario cultural, la crisis actual no es responsabilidad de la crítica, a la que, en el ámbito literario, se acusa de propiciar o imponer autores y lecturas que fuerzan y distorsionan el mensaje de las obras. El que ello ocurra no es solo responsabilidad del crítico, es también responsabilidad del “hipócrita” lector. Este no cuestiona, no interroga al texto, a la tradición; solo busca respuestas. Se olvida de que la lectura es creación y como tal exige sacrificios.

Ante lo señalado, quizá resulte un lugar común afirmar que el Perú es un país con una enorme fuerza, lo cual no hace menos cierta esta afirmación. El Perú está condenado a ser grande. Nuestro país tiene ingentes recursos energéticos y mineros, una cantidad de recursos en las dos grandes materias primas del futuro: el agua y el oxígeno. Pero ahí no acaba la historia, porque también me importa hacer notar lo esencial: las reservas de optimismo, ingenio y dignidad de sus ciudadanos que, en medio de todo, enriquecen y redimen en el día a día a nuestro “Perú del mundo/ y Perú al pie del orbe”...

Se puede esgrimir razones para el pesimismo y el escepticismo, pero que, al lado de la insensibilidad y frivolidad de los gobernantes, de la escasa importancia que se le otorga a la vida humana, de tanto discurso grandilocuente y vacío, en el Perú se escriba tan alta literatura, solo puede ser un signo inequívoco de tiempos mejores.