sábado, 12 de julio de 2008

Una antología de poesía


Por: Juan Yufra

Harold Blomm señaló en alguna oportunidad que Para leer sentimientos humanos en lenguaje humano hay que ser capaz de leer humanamente. Uno se puede acercar a un texto con las suficientes imperfecciones y carencias que la naturaleza del arte ha producido en el lector y crear una conciencia del texto mismo; todo ello dentro de las fronteras simbólicas que el lenguaje poético instala en el poema y que cada poeta se encarga de aceptar o subvertir a su manera. No hay egoísmo más intenso que el que proclama el hacedor de poemas; esta impostura es inicial -desde luego- con el tiempo se abandona a otras causas y reconoce a regañadientes eso que decía Martín Adán Poesía no dice nada/ poesía se está callada,/ escuchando su propia voz. La ansiada madurez es cruel para los poetas distraídos.

El libro Aquí no falta nadie /Antología de la poesía puneña reúne 21 poetas cuyas pretensiones son tan disímiles como ambiguas. Dentro de esa tradición que plantea el autor hay por lo menos dos aspectos en los cuales coinciden la mayoría de los poetas allí instalados. Primero expresan una poética del yo y luego una poética de la naturaleza donde el contexto y las influencias traman un lenguaje confuso a veces y en otras oportunidades una reflexión honda de cuestiones personales cuando no insignificantes(Ese yo en minúscula y casi infame de los poetas debe ser erradicado de la poesía).

Desde luego que hay voces de un alto nivel lírico. La tradición de la poesía en Puno tiene un referente imponente en la figura de Oquendo; sin embargo, no entiendo por qué se desconfigura este hacer con el pasar de los años. Aquí no falta nadie permite tener una idea de la poética que se mantiene aún en Puno y señala -a su vez- una serie de contradicciones (necesarias) en la implementación de un proyecto cultural del sur del Perú. Saludable el gesto, pero no comparto con las ideas que allí desde la poesía se instalan.

Se debe recordar que no hay mejor acceso a la modernidad que a través de la escritura. Ya no se puede subvertir la palabra desde la infinita ingenuidad que genera la emoción.